martes, 6 de marzo de 2018

RINGOU (Leo relatos)


                                                                                        

El ser primitivo avanzó con rapidez, casi corriendo, moviéndose sobre sus dos extremidades inferiores como si estuviese practicando un extraño y extravagante baile.
Se deslizó por la pendiente totalmente helada, apoyándose sobre sus duras nalgas como si de un trineo se tratase. Pronto comenzaría a amanecer y la temperatura pasaría en poco menos de una hora, de los 20 grados bajo cero hasta alcanzar casi los 50 grados positivos.
Abrigado con viejas pieles y materiales antiquísimos ya totalmente desconocidos, casi fósiles, el ser aumento su carrera, tenía que llegar al llano y abandonar las ondulaciones del terreno que se podían convertir en auténticas cataratas si comenzaba a llover; había aprendido a sobrevivir en un mundo totalmente hostil, caminando y abriéndose paso entre montones de cadáveres de seres de su misma especie que no lo habían conseguido.
Por eso seguía vivo aún. Ringou era un superviviente nato.
Comenzó a despojarse de sus trapos nada más comenzar a subir las temperaturas, dejando su cuerpo totalmente desnudo, un cuerpo que medía poco más de metro cincuenta y estaba cubierto de una piel áspera, llena de rugosidades y con un enorme aspecto de quemada que le servía para protegerse de las temperaturas extremas que habían invadido el ambiente; el individuo había evolucionado en los últimos años, tal vez tendría 50, tal vez 60, y lo había hecho a un ritmo vertiginoso, como nunca antes ningún organismo vivo había evolucionado en el planeta, aunque conservaba casi todas los rasgos principales de la estructura de sus antepasados.
El ser guardó sus ropas en su primitivo zurrón junto a su más preciado tesoro. Miró las últimas estrellas que brillaban resplandecientes en el cielo compitiendo con la propia luna y que terminaban de retirarse apresuradamente. No tenía planos, solo se guiaba por el Sol, las propias estrellas y el viento, pero tenía claro su destino, un destino inciertamente desconocido, pero al cual ansiaba llegar después de haber caminado miles de kilómetros, atravesando las infinitas llanuras heladas que cubrían el inmenso océano que había invadido enormes extensiones de los antiguos continentes; había navegado con los suyos, plantando cara a las enormes adversidades del mar y se había quedado solo. Solo, pero había conseguido alcanzar aquella nueva tierra y su corazón le decía que estaba cerca de su destino.
Nada más aparecer el sol, unas oscuras nubes atravesaron el cielo con ansiosa rapidez, un relámpago rompió el lejano horizonte y el inmediato trueno borró todos los demás sonidos. Pero el individuo no se inmutó ante la demostración de poder de la atmosfera, en guerra con él y con su especie desde hacía ya más de 300 años.
Estaba acostumbrado, incluso había notado que tal fuerza comenzaba a perder intensidad en los últimos tiempos. Buena señal. Aun así, si la tormenta llegaba, podría ser poderosa.
La necesidad de vivir le había convertido en un privilegiado de su especie, en un superviviente. Había buscado y encontrado comida en cualquier rincón y se las había ingeniado para escapar de sus más crueles enemigos que como él, luchaban por sobrevivir en el nuevo orden del mundo.
Ahora, debía de encontrar en el llano alguna hendidura no demasiado pronunciada, o en último caso, enterrarse en la tierra hasta que pasasen las horas del calor insoportable.
Ante él apareció en el horizonte un pequeño grupo de arboles, parecían finos y altos, jóvenes arboles que demostraban en un nuevo gesto de la naturaleza, qué aquel mundo hostil se estaba regenerando. Torció en un extraño gesto sus labios y gritó “¡Ringou!” como él mismo se había dado en llamar, convirtiéndolo en su grito de ánimo; sin duda, aquellos arboles le aportarían la sombra y la temperatura necesaria para pasar aquella nueva jornada.
Antes de llegar a los árboles, Ringou se paró y aguzó su privilegiado oído. La fina película de hielo comenzó a temblar bajo sus pies. Ojeó el horizonte y vio las dos figuras que se engrandecían a increíble rapidez.
Las inmensas bestias iban adquiriendo su clara anatomía. Casi el doble de sus inmediatos antecesores, los elefantes, pero la trompa había dado paso a un casi inservible muñón por el que seguían respirando produciendo unos angustiosos zumbidos, los colmillos habían adquirido un filo y una consistencia canina dotándoles de unas fauces sanguinarias.
El ser primitivo corrió hacia los arboles. Su mente estaba fresca y viva, pero su cuerpo arrastraba los innumerables kilómetros recorridos. Sus músculos cansados protestaban ante aquel nuevo esfuerzo, haciendo que los arboles pareciesen alejarse cada vez más.
El primero de los enormes bichos abrió sus fauces y Ringou pudo sentir su pestilente aliento chocar contra su espalda desnuda. Buscó en su zurrón mientras corría y cogió el último de los artefactos, reliquia del pasado, que aun mantenía. Lo miró y sin dejar de correr, apretó el botón rojo que dio paso a un intenso parpadeo.
Ringou se paró. Su cuerpo caliente expulsaba un cálido vaho que se mezclaba con la fina neblina que manaba del suelo. Calculó mentalmente los segundos y cuando el gran elefante se acercó a tan solo unos pocos metros de él, lanzó el artefacto con todas sus fuerzas al tiempo que retomaba su carrera.
La explosión le elevó del suelo y le lanzó unos metros en el aire hasta que aterrizó nuevamente rodando sobre la tierra. Enseguida, una lluvia de barro cubrió prácticamente todo su cuerpo. Se incorporó. El primero de los dos animales parecía tener su cara partida en dos, tumbado en una extraña posición sobre un charco de sangre, vísceras y huesos, pero aun vivía, aunque su mortal amenaza parecía haber desaparecido. Sin embargo, el otro se debatía con todas sus energías, tumbado, pataleando como un gigantesco escarabajo colocado patas arriba. El animal lanzó un estremecedor berrido que erizó los pelos del primitivo. El enorme bicho se levantó de un poderoso salto y Ringou pudo ver su rostro recargado de odio y sangre. Sintió como se clavaba en él su despiadada mirada.
La lluvia comenzó a caer con fuerza. Los dos seres comenzaron a correr al unísono bajo la tormenta que crecía en intensidad hasta convertir la lluvia en diluvio.
Alcanzó los arboles y comenzó a trepar al más alto, pero sus adiestradas extremidades resbalaban contra la joven y empapada corteza del árbol haciendo su ascenso por el tronco lento y penoso. Apretó sus manos hasta clavar las palmas en los pronunciados nudos de la corteza; la sangre, mucho más espesa que décadas atrás, resbaló disuelta con el agua de lluvia tiñendo la grisácea corteza de rojo. Su cuerpo comenzó a elevarse más rápidamente por el tronco al tiempo que el roído pero afilado colmillo de la bestia rozaba su pie e impactaba violentamente contra la madera haciendo temblar al joven árbol.
Ringou no tenía miedo a la muerte, no tenía ninguna idea religiosa, espiritual o moral como las habían tenido sus antepasados, solo su instinto de supervivencia; apretó sus dientes y continuó escalando. El elefante esta vez, hundió sus mortíferos dientes en el fino tronco del árbol. El primitivo sintió como debajo de él, el árbol se quebraba soltando un lamentoso quejido.
La fuerte lluvia ya había inundado la pequeña dehesa donde habían nacido el grupo de arboles, creando un pequeño lago de aguas cada vez mas turbulentas.
Ringou cayó a la laguna abrazado con todas sus fuerzas al tronco partido, como una madre abrazada a su hijo al que no piensa soltar ni siquiera ante el más mortífero de los peligros.
La bestia se volvió hacia él, el agua cubría hasta la mitad de sus poderosas patas, abrió sus fauces y atacó.
El primitivo solo tuvo el tiempo justo de agarrar una de las grandes ramas que se revolvían en el agua junto a él y elevarla ante su atacante, incrustando la punta en la boca del animal. Un ahogado gemido hizo temblar las gotas de lluvia a su alrededor, la bestia pareció escupir un chorro de sangre y cayó produciendo un pequeño maremoto en la recién formada laguna.
Ringou nadó luchando contra las aguas revueltas, intentando alejarse de la bestia herida. De improvisto, más poderoso que el olor a tormenta y barro, sintió el aire podrido y enfermizo mezclado aun con el penetrante olor a pólvora. Justo delante de él, cortándole su huida, le miraba el otro elefante con su cara abierta en una infernal mueca de odio, le faltaba una de sus extremidades delanteras, pero el animal había conseguido arrastrarse hasta él; la bestia empleó sus últimas fuerzas y se levantó sobre sus patas traseras como un esplendoroso caballo y lanzó su cuerpo mutilado hacia Ringou que en un desesperado gesto de supervivencia, se impulsó hacia atrás intentando escapar del mortal ataque.
La enorme bestia cayó sobre él, el ser primitivo solo pudo notar como el suelo se hundía y provocaba un violento remolino que comenzó a arrastrarle hacia las profundidades. La pequeña dehesa se convirtió en un gigantesco embudo tragando y absorbiendo toda el agua, el barro y los árboles. La bestia caía a su lado, lanzándole, en intentos desesperados, sus últimas y ensangrentadas dentelladas.
Ringou hundió sus manos en la tierra, inútilmente, sus dedos solo se aferraban al barro que resbalaba entre ellos. Pronto, la oscuridad se hizo casi absoluta, tan solo los ojos del elefante y su respiración moribunda. No gritó cuando su costado y su brazo derecho impactaron violentamente contra el objeto. El dolor se había convertido para él en una sensación ambigua, muy diferente a como lo habían conocido sus antepasados y con el que se había acostumbrado a convivir en su lucha constante por la supervivencia, tan solo de su garganta se escapó un áspero sonido gutural. La piel rugosa de sus manos se asió con fuerza al objeto mientras su enemigo continuaba cayendo. Pronto escuchó el impacto del enorme cuerpo del animal contra las aguas del rio subterráneo. Intentó recuperarse. Se dio cuenta de que se había agarrado a uno de los troncos de los jóvenes arboles que se había atascado entre las piedras en un precario equilibrio. Debajo, en la profundidad, el agua rugía furiosamente, Ringou pudo distinguir en la oscuridad del abismo, el brillo impetuoso de la espuma levantada por la violenta turbulencia de las aguas.
El hundimiento de tierra fue perdiendo su voraz intensidad. Las manos del primitivo aflojaron la presión sobre el tronco como si fuese una víctima a la que acababa de quitar la vida. Se encaramó a la pared. Sus brazos se hundían en la tierra. Fue trepando penosamente entre el barro hasta que el terreno se hizo más duro y horizontal y pudo levantar su cuerpo hasta casi ponerse de pie. El caudaloso rio parecía haber creado un angosto y vertical valle subterráneo por el que arrastraba todo lo que se interponía en su camino.
El rebelde sonido del agua subterránea fue debilitándose hasta casi desaparecer en las profundidades. El ser anduvo cojeando en la oscuridad. Nuevamente, la pared pareció hacerse vertical. Ringou pareció abrazar la roca, sus pies cada vez encontraban más problemas para ajustarse a la cada vez más estrecha cornisa.
Las sensaciones como el miedo, la indecisión, el fracaso, también habían dejado de existir en el ser primitivo, pero lo que no podía evitar era que su cuerpo notase el esfuerzo acumulado. Sintió como sus músculos estaban al límite, extenuados, pero tenía claro que debía de seguir adelante. Sus magulladas manos empezaban a agarrotarse y fugaces y eléctricos calambres recorrían cada uno de sus dedos.
En la oscuridad, sus manos toparon con otro elemento diferente a la fría y resbaladiza roca como un inesperado ángel salvador. Ringou se aferró fuertemente al nuevo elemento que pronto se hizo más abundante. Eran raíces, raíces que desde quizá muchos metros arriba, se habían extendido imparablemente en el interior de la tierra buscando su alimento.
El primitivo trepó más fácilmente por una de aquellas raíces hasta que se introdujo por un agujero de la pared. Por fin, pudo asentarse firmemente aunque sin dejar de agarrar la gruesa raíz que le había salvado del precipicio. No sentía especialmente frio en el interior de la tierra, pero la humedad era intensa.
Lentamente continuó avanzando hasta que la temperatura de las rocas se elevó notablemente.
Ringou se encogió en la oscuridad entre la raíz y la roca templada. Su cuerpo se relajó. Su organismo había conseguido hacerse inmune contra numerosas bacterias y virus que habían acabado con miles de sus antepasados después de los grandes desastres, dotándole de nuevos mecanismos de defensa contra los bruscos cambios del clima.
Se despertó en alerta. Había escuchado la densa respiración aproximándose por el negro pasillo. El descanso le había fortalecido, aunque las numerosas heridas y hematomas habían agarrotado, sobre todo, una de sus piernas.
A pocos metros, varios puntos rosáceos tomaron vida. Un gran cuerpo se acercaba hacia él arrastrándose entre la roca. El primitivo rastreó la negra pared y encontró un agujero cercano, penetró en la oscuridad y se alejó del nuevo enemigo. Los ruidos y los puntos rosáceos quedaron atrás al tiempo que una claridad brillante y azulada inundó el túnel como una fina neblina, miles de pequeñas estrellas parecieron envolver a Ringou en su propio universo.
El estrecho túnel se cortó en seco y el primitivo cayó rodando por una ligera pendiente aterrizando en una estancia donde las paredes de roca se arrugaban formando extrañas formas, jóvenes estalactitas y estalagmitas, sin duda formadas por el nuevo orden de la naturaleza, brillaban en el techo y en el suelo de la caverna en cuyo centro rebosaba mansa el agua de una pequeña laguna. Detrás de él, en el túnel, el ruido nuevamente se hizo lento pero claro.
Ringou se acercó cojeando a la orilla de la laguna, alejándose unos metros del agujero. Observó el terreno. Otros agujeros de igual tamaño por el que él había aparecido y algunos más grandes, se dibujaban en la pared de roca como un oscuro y podrido queso.
El bicho apareció reptando lentamente por el agujero lanzando un estridente silbido. Era un gusano de al menos un metro de largo y redondo como un pequeño tonel, su cuerpo lo formaban una serie de gruesos y coloridos anillos unidos entre sí por una masa pegajosa y brillante. Se arrastraba con decisión, aunque con movimientos lentos, hacia Ringou, que sin pensarlo, se tiró a la laguna y nadó lo más rápido que pudo. El agua templada pareció revitalizar su pierna agarrotada. Alcanzó la otra orilla y miró al bicho que se arrastraba cerca de la orilla contraria como una gigantesca lombriz.
El enorme gusano se metió en el agua parsimoniosamente, y sin que el primitivo pudiese reaccionar, atravesó los metros de agua que les separaban con la rapidez de un torpedo. Salió impulsado del la laguna con una fuerza desproporcionada.
Ringou intentó apartarse, pero notó como la pegajosa y alargada boca del bicho se pegaba a una de sus pantorrillas con una tremenda fuerza. Intentó separar al gusano de su cuerpo, pero sus manos se hundieron en una masa blanduzca para enseguida tocar un caparazón interior duro como el hierro. Notó como la boca de la gigantesca lombriz lentamente absorbía su pierna. Se lo comía. Enseguida sintió como una desagradable parálisis empezaba a invadir su extremidad.
Otro gusano apareció por otro de los agujeros soltando un nuevo silbido que llenó la caverna. Y Otro. Uno tras otro, los gusanos fueron apareciendo por los diversos agujeros arrastrándose hasta las aguas de la laguna. A cada gusano le acompañaba un estridente silbido que por momentos empezaron a convertir la caverna en una enorme y siniestra caja de música.
El primitivo se arrastró tirando del cuerpo del gusano pegado a él. Sus manos encontraron una roca y la levantó con todas sus fuerzas estrellándola contra el reptil, partiendo su cuerpo en dos en medio de una explosión de sangre morada y viscosa. Metió sus manos en el cuerpo roto y lo arrancó con rabia de su pierna que ya se encontraba tremendamente colorada, pero aún podía moverla.
Al otro lado, otro de los gusanos penetró en el agua y como el anterior, se impulsó como un cohete, pero esta vez, el primitivo se preparó para el ataque. El bicho salió del agua lanzado hacia él, pero Ringou lo esquivó. El gusano cayó al suelo arrastrándose un par de metros, provocando un húmedo chasquido que se mezcló con los silbidos en una macabra serie de cacofonías. Algunas de las jóvenes estalactitas cayeron produciendo pequeñas explosiones en el agua templada.
Otra lombriz entró en la laguna. Ringou se preparó para un nuevo y más continuado ataque mientras el primer gusano avanzaba lentamente por su retaguardia.
El primitivo se protegió con la piedra nuevamente, pero esta vez, el impacto le hizo caer al suelo; sin tiempo para levantarse, otro gusano salió del agua cayendo sobre él. Ringou intentó apartárselo. Otro gusano más penetró en el agua mientras el de su espalda casi le tocaba con su boca. Los silbidos ahogaban el pensamiento del ser primitivo. Sintió como la fría y pegajosa boca de uno de los bichos se pegaba a su cuerpo. Otro más salió propulsado del agua.
Ringou se dio cuenta de que estaba perdido. Entonces, un chillido se hizo más fuerte que los silbidos de los gusanos. El ser primitivo solo pudo advertir como unas poderosas alas se batían sobre su cabeza al tiempo que se veía arrastrado pegado a la boca del gusano por uno de los negros túneles. Sintió un fuerte golpe en su cabeza que le dejó momentáneamente inconsciente. Cuando recuperó el conocimiento, se hallaba nuevamente en el exterior, a plena luz del sol. Volaba. Aun permanecía dolorosamente adherido al gusano por uno de sus costados, al que a su vez, tenía sujeto firmemente pos sus enormes garras un gigantesco pájaro.
Brillantes llanuras verdes salpicadas de vivos colores resplandecían a unos cuantos metros bajo su cabeza.
A pesar de la situación, Ringou disfrutó de la vista. Nunca había visto nada igual. Siempre desiertos, nieve infinita, extensas llanuras de agua y hielo…, algo estaba cambiando y para mejor, por eso debía sobrevivir. Con más fuerza se asió al gusano que ya no se movía, muerto tal vez al sacarle de su hábitat de negrura y humedad. Notaba, segundo a segundo, como la presión de la boca del gusano pegada a su piel se iba aflojando. Si caía desde esa altura todo terminaría. Se balanceó. El pájaro soltó un graznido y cambió bruscamente su ritmo de vuelo a la vez que lanzaba su pico contra el cuerpo del primitivo. Ringou notó como el duro pico se clavaba en su muslo, se balanceó con más fuerza y elevó su cuerpo hasta que tuvo al alcance las patas del pájaro, tomó impulso y agarró con fuerza las ásperas extremidades del ave.
El pájaro, ante la presión de las fuertes manos de Ringou, soltó al gusano que cayó libremente. Abajo, el paisaje fue pasando del color verde, al azul de numerosos y pequeños lagos, antesala de un enorme rio de verdosas y mansas aguas.
En ese momento, el ave inició un vuelo en picado.
Ringou se soltó. Cayó sobre las aguas del rio en una suave explosión de burbujas. Lentamente nadó hasta alcanzar uno de los enormes y viejos troncos que surcaban el manso lecho, probablemente arrastrados desde muchos kilómetros atrás.
La humedad era intensa, pero el agua era tibia y la temperatura era especialmente agradable para el cuerpo del primitivo que se abrazó a su nuevo amigo y se relajó.
Los microclimas de aquella parte del planeta parecían haber experimentado un decisivo auge después del gran cambio, favoreciendo que la vida fuese tornando de una manera más rápida a la normalidad del planeta, al menos en aquella parte.
El ser primitivo volvió a despertar cuando la noche comenzaba a caer. Ringou pensó que el frio acabaría por fin con él en medio de la absoluta oscuridad que proporcionaba la niebla. Pero el letal frio no caía en aquella noche. La temperatura se mantenía casi constante, permitiéndole navegar sobre el tronco por las tranquilas y oscuras aguas.
La gran bola del Sol poniéndose en el horizonte, dibujó las siluetas grises, orgullosas, como impertérritos restos de un pasado glorioso y ya caído. Ringou contempló hipnotizado aquellos restos, aquellas ruinas lejanas. Su corazón latió con más fuerza. Era su destino. El lugar donde terminaba su viaje.
Buscó dentro de su zurrón y sacó el pequeño rectángulo de metal aun intacto, aunque oxidado y sucio.
Remó con sus manos hasta la orilla. Los enormes y peligrosos depredadores con los que había tenido que luchar para sobrevivir, parecían haber dado paso a una gran variedad de aves y animales mucho más pequeños que apenas le prestaban atención. Caminó por la ribera del rio que se había convertido en un auténtico lodazal, pero pronto, la tierra se hizo más firme y las siluetas de las figuras, más claras. El firme del suelo pasó en pocos kilómetros, del barro, a una fina capa de tierra que crujía bajo sus pisadas.
Por fin, la ciudad apareció nítida ante él. Las casas y edificios más bajos de la periferia, habían desaparecido por completo barridos por las viejas corrientes originadas por el gran cambio del clima para después, ser sepultadas por el océano y el hielo. Ringou continuó andando. Tan solo el grupo de rascacielos había sobrevivido. El primitivo se paró a pocos metros de ellos. Los contempló maravillado. En las moles de hormigón, hasta al menos el piso diez, aun se presenciaba la marca del agua y después el desgaste que en ellos había producido el hielo; más arriba, se apreciaba el reflejo del Sol en algunos cristales a los que no había alcanzado la subida de las aguas.
En lo más alto del edificio más grande, Ringou divisó algo. Caminó entre los rascacielos, sin perder de vista lo alto de la mole de hormigón y acero, por lo que antaño sería la principal avenida, ahora enterrada bajo toneladas de tierra, sedimentos y restos orgánicos.
El primer chillido le hizo girar su cabeza instintivamente. Otra serie de chillidos llenos de una estridente y nueva amenaza, cruzaron el aire como sonoros latigazos ante los pasos decididos de Ringou que no dejó de caminar. El primitivo no miraba, pero podía percibir las sombras que le observaban y se movían inquietas, amenazantes en los huecos de las viejas ventanas y puertas.
Subió una ligera colina de tierra sedimentada que cubría los dos primeros pisos del gran edificio. Entró por lo que en muchos años atrás, sería un gran y esplendoroso ventanal probablemente con impresionantes vistas a la gran avenida, en otros tiempos llena de vida y trafico.
Dentro de la estancia se había formado un pequeño bosque, y sobre las algas que durante la gran subida del océano habían cubierto el rascacielos, ahora habían crecido pequeños y salvajes arbustos y enredaderas. Un nuevo chillido sonó muy cerca de él. Ringou se preparó para el ataque y cogió un gran palo del suelo, pero la sombra cruzó la puerta y se alejó. Caminó con sus sentidos en estado de máxima alerta. De alguna manera tenía que subir hasta lo más alto.
El olor a humedad era intenso en el interior del edificio, aunque probablemente, el agua hacía años que se había retirado del lugar, dejando tras de sí, numerosas y ocultas goteras que repiqueteaban en una oscura sinfonía liquida. Ringou percibió como las sombras que le seguían se agrupaban, seguramente preparando el ataque. Los chillidos se intensificaron, más penetrantes, más ansiosos y agresivos. Una de las sombras se precipitó sobre él desde el hueco de una pared hundida por la humedad. El primitivo solo tuvo tiempo de volverse hacia la silueta y protegerse instintivamente con el palo mientras el cuerpo caía sobre él.
El ser primitivo cayó al suelo derribado por su enemigo soltando el palo de sus manos. La bestia clavó cada una de sus negras y sucias uñas en los hombros de su víctima; Ringou lanzó un grito de furia más poderoso aun que el de la bestia que le atacaba antes de sujetar el peludo cuello con sus manos, impidiendo en el último instante, que unos negros dientes se hincasen en su garganta. Apretó todo lo que pudo sus manos sobre el musculoso cuello de su adversario, sus ojos se clavaron, a pocos centímetros, en las pupilas marrones y brillantes de su atacante que reflejaban su ansia de matarle, sus alientos se mezclaron en una densa nube de viejos y rancios olores; los dientes sobresalían negros, sucios, rotos, luchando por alcanzar a su presa, por clavarse en sus carnes.
El primitivo giró su cabeza, notó como las uñas profundizaban aun más en su carne desgarrando tejidos. A un lado, cerca de su mano, pudo ver un tronco de madera negro y grueso como su puño. Solo tendría un instante. Soltó su mano derecha. Sintió como los dientes mellados y cortantes rozaban su cuello antes de destrozar la cabeza de su enemigo que cayó envuelto en un suspiro de derrota.
Ringou se levantó con el tronco manchado de sangre en su mano. No podía contar con sus dedos los seres que le rodeaban, ahora, todos ellos visibles, la mayoría similares al que yacía muerto a sus pies, algo más bajos que él, apoyados sobre sus extremidades inferiores, aunque cubiertos de una gran capa de pelo negro y áspero como una vieja alfombra. Sus formas, sus facciones, les daban una gran similitud con él mismo.
Los animales chillaban, saltaban furiosos a su alrededor, esperando algún mínimo gesto para saltar sobre él y acabar con su vida. Ringou volvió a gritar también, levantó su palo ante el alboroto de sus enemigos que se apartaron para dar paso a otro ser mas grande, mas erguido, que miró al primitivo directamente, sin chillar.
El primitivo también le miró y cojeando avanzó hacia su destino. En un rincón, el piso parecía ascender en un estrecho camino que se perdía en las alturas. Los chillidos acribillaron sus oídos, los primates se movieron nerviosos, pero el ser más grande de pelaje blanco, el más alto, el recién llegado, llevó sus manos a su cabeza agitándola en un extraño ritual. Ninguno más se abalanzó sobre Ringou que sintió las miradas clavadas en su espalda como cientos de envenenados dardos, pero continuó subiendo por las entrañas del rascacielos sin recibir ningún nuevo ataque.
Los chillidos fueron bajando en intensidad, perdiéndose en los pisos inferiores. Ascendió por la rampa cubierta de arena reseca, restos de algas y alguna concha marina, hasta que el paisaje cambió. Todo parecía estar más limpio, mas intacto, mas reciente, donde el mar en su ascenso vertiginoso no había conseguido llegar; por un momento, desde uno de los huecos de una ventana, contempló la impresionante vista, la vasta llanura de arena rodeando el complejo de rascacielos parcheada de enormes manchas más oscuras de sedimentos dejados por el océano en su retorno; mas allá, la verde ribera del enorme rio donde se aglomeraba la vida en innumerables especies de incestos, reptiles y otros animales sobrepuestos perfectamente al cambio climático.
Mas allá, las montañas que habían escupido a Ringou agarrado a las garras del pájaro.
Según ascendía, encontraba más y más huesos de los que el primitivo empezaba a reconocer sus formas, sus medidas, y que le hacían comprender a quien habían pertenecido, algunos, aun unidos en esqueletos perfectamente reconocibles. Y cuanto más ascendía, numerosos vestigios de ropas antiquísimas, objetos metálicos irreconocibles para Ringou que aparecían unidos a los huesos.
El primitivo llegó a la última planta, la gran azotea donde una fresca brisa rebajaba la bochornosa humedad del día. Montones de esqueletos le rodeaban, de diversos tamaños y texturas, como si de un museo del pasado se tratase, como si un número interminable de aquellos seres se hubiesen amontonado en aquella azotea intentando escapar de un fin inevitable.
Volvió a sacar el pequeño cuadro que guardaba como un tesoro, herencia de sus ancestros; en el pequeño retrato, se veía un grupo de seres posando felizmente, muy similares a Ringou pero a la vez diferentes, vestían ropas coloridas, nuevas, estaban alegres como si las necesidades que Ringou y los suyos habían padecido, ellos no las hubiesen conocido.
El primitivo buscaba a aquellos seres, sus antepasados. Paseó entre los cadáveres y llegó hasta el borde de la azotea donde aun se mantenía en pie la enorme silueta de un hombre, Ringou recorrió con sus manos la forma de aquel signo tallado en metal y colocado en la azotea como símbolo de una grandeza ahora desaparecida; el primitivo dio la espalda a la gran figura humana y volvió a caminar hasta alcanzar un gran Hall de cristal que había conseguido sobrevivir casi intacto. Cruzó la puerta. Dentro más huesos. Uno de los esqueletos aun conservaba sus antiguas ropas y parte de un matojo de pelo blanquecino. Estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, Ringou dedujo que se trataba de una hembra porqué en su regazo sujetaba lo que parecían los restos de un pequeño cuerpo momificado. El primitivo acercó su mano y tocó la pequeña cría humana que se deshizo con la facilidad de un frágil objeto de barro cuando se le da un pequeño golpe.
Ringou miró aquellos restos de sus antepasados. Sus ojos, por primera vez en su vida, se mojaron como consecuencia de una sensación que el hombre primitivo no había conocido hasta aquel instante. Cogió su retrato y lo colocó en el regazo de la hembra con una inusual delicadeza junto a los restos desechos del pequeño.
Después, volvió a mirar por la azotea y oteó el horizonte con una desesperante sensación de cansancio. Abajo, los primates parecían haber retomado su vida normal y no parecía que estuviesen pendientes de él. El primitivo les miró en sus actividades, algunos se parecían enormemente a él, a los seres de los que ahora solo quedaban sus huesos y sus signos, a los seres de la foto.
Se parecían mucho.
Tal vez el ser humano tuviese una nueva oportunidad.
Tal vez.

            



No hay comentarios:

Publicar un comentario