miércoles, 19 de diciembre de 2018

"Una nueva historia..."



Una nueva historia de nuestro amigo Tony Dominguez, una novela cruda y directa, una literatura diferente que en esta ocasión nos traslada a un futuro, quien sabe si no muy lejano, en el que la sociedad actual no ha sido capaz de permanecer y ha dado paso al llamado "Nuevo Orden", un mundo lleno de excitantes y peligrosas costumbres.

La novela está publicada en Amazon,

www.amazon.es/Esclavos-y-Señoras-Tony-Dominguez-ebook/dp/B07K2STRWH

Descripción del producto

La sociedad ha cambiado y ha dado paso al llamado Nuevo Orden, los antiguos países se han desintegrado en pequeños estados dominados por poderes absolutos y totalitarios, donde la esclavitud ha renacido con una tremenda fuerza.
Historia cargada de erotismo y dominio sexual que los Señores y Señoras aplicarán sobre sus esclavas y esclavos en muchas ocasiones con grandes dosis de violencia y humillación.

sábado, 10 de noviembre de 2018

"Los Transformados" en Amazon


Con esta imagen de portada, "Los Transformados" está publicada en Amazon, únicamente en formato digital.

www.amazon.es/Transformados-José-Antonio-Fernández-Asenjo-ebook/dp/B07HWW7D3S

Intenté publicar la novela en varias editoriales de una manera tradicional, varias de ellas me contestaron diciéndome que la historia era de calidad y estaba bien escrita, pero al ser una novela corta, no cumplía con los stándares para ser publicada como novela.

Es cierto, "Los transformados" es una historia corta que se puede leer en un ratito, pero en mi opinión está llena de emoción y de tensión, por lo que creo que merece la pena ser publicada, aunque sea en Amazon y que pueda llegar a los lectores, que por supuesto, quieran leerla.


lunes, 10 de septiembre de 2018

Nueva reseña "Botones de suspense y misterio"



Otra reseña que sin duda da más valor a mi libro de relatos "Botones de suspense y misterio".

En esta ocasión viene de la mano del extraordinario blog literario LITERATURA INCIERTA, que hace un análisis del libro con una claridad y sinceridad como ellas solo saben hacerlo.

 "...no estamos solo ante cuentos de simple terror, pues a veces éste viene acompañado por unas pequeñas pinceladas de erotismo e incluso leves toques de humor, lo que favorece al conjunto. La variedad de propuestas es interesante, y las situaciones pueden resultar cercanas y familiares."

La reseña completa se puede leer en el siguiente enlace:

viernes, 3 de agosto de 2018

"Tres meses" busca editorial.


Enero 1939

                                                     I

El Hispano-Suiza K6 abandonó Guadalajara siguiendo el trazado de la Nacional II, pero pronto se desvió hacia la izquierda en dirección noroeste rodando por una carretera en mucho peor estado y a la que las últimas lluvias y nevadas del crudo invierno castellano habían convertido prácticamente en un camino de cabras.
En pocos minutos, las trincheras republicanas quedaron atrás y el vasto territorio nacional comenzó a tragarse literalmente al vehículo.
El auto se había convertido en un sencillo tiznao forrado con simples laminas de chapa al principio de la guerra, y meses más tarde, ya bajo la supervisión de los rusos, o de los soviéticos, había pasado a ser un auténtico vehículo blindado; ninguno de los tres ocupantes del coche encontraba diferencias sustanciales entre lo ruso y lo soviético, aunque los tres sabían que la URSS era un joven país de tan solo 17 años surgido de una revolución que no paraba de crecer y de engullir territorios cercanos, una revolución comunista que les había ayudado en buena parte de la contienda y que aún mantenía un buen número de militares entre ellos, y sobre todo, muchos simpatizantes por parte del partido comunista, que había pasado de ser una organización minoritaria durante toda la década, a convertirse en los últimos meses de guerra en uno de los elementos con más importancia y con más poder de todos los que formaban el bando republicano.
El tiznao en el que viajaban los tres hombres había tenido un continuo servicio durante todos los años que llevaban de guerra, sobre todo como transporte entre las distintas comandancias del Ejército Popular bajo las bombas de los aviones nacionales, pero en los últimos meses se había intentado recuperar para momentos más solemnes recobrando su primitivo aspecto, aunque se seguía notando en su chapa los agujeros y ranuras utilizados para cubrir la carrocería.
Hacia donde se dirigían aquel día, era uno de aquellos momentos solemnes, tal vez uno de los más solemnes en toda la campaña.
La bandera blanca con un círculo verde en su centro colgaba de una de las ventanillas traseras. Pronto fueron interceptados por la patrulla del ejército nacional, las ostentosas águilas negras eran bien visibles en los laterales del jeep.
Los tres ocupantes del Hispano-Suiza se encontraron al instante apuntados por media docena de fusiles. Jimeno Aparicio fue el último en bajar, echó una inquieta mirada a sus dos compañeros que ya estaban brazos en alto en señal de paz, el capitán Ulloa era el que parecía estar más sereno, aunque ninguno tenía por qué temer nada.
Les esperaban.
Nos espera el coronel Garrido dijo Ulloa. El capitán era un militar de carrera que había permanecido fiel a la República durante toda la contienda y que en las últimas semanas se le había relacionado de manera acusatoria por ciertos sectores de la defensa de Madrid con el coronel Segismundo Casado.
Uno de los militares sublevados les miró con desprecio, “putos rojos” creyó entender Jimeno.
Seguidme ordenó el militar nacional.
Todos caminaron durante tres kilómetros hasta que llegaron al campamento de campaña. A Jimeno le corroían los nervios, sentía cientos de arañas en su estómago, ni tan siquiera sabía exactamente qué hacía allí, en pleno territorio de los fascistas que en cualquier falso movimiento les acribillarían sin piedad. El secretario Jacinto Pereda le había pedido expresamente que llevase a los dos militares republicanos a través de las líneas enemigas; más que una orden, había sido un favor, además de que trabajaba bajo su ordenanza en una pequeña oficina del ayuntamiento de Madrid, le unía a Jacinto una amistad que venía de antes de la guerra y que se había afianzado como hierro forjado durante los años de conflicto, y que a pesar de la diferencia de edad entre ambos, Jimeno tenía 25 y el secretario Pereda ya pasaba de los cincuenta, no les había impedido compartir más de una noche de parranda por las cercanías de Bravo Murillo y otras zonas ociosas del Madrid republicano.
Y él había cumplido el deseo de su jefe y amigo, había llevado a los dos militares hasta unos pocos kilómetros al sur de Burgos.
Desde Madrid. Hasta las puertas de la capital rebelde.
Y lo tenía que hacer sin que pudiesen ser descubiertos por las patrullas del Ejército Popular que vigilaban el tránsito a la capital, alguien le había proporcionado una ruta de ida y vuelta por la que no debía de haber ninguna vigilancia. Y así había sido, al menos en la ida.
Unas enormes tiendas de campaña se alzaron junto a una arboleda, el camino que llevaba hasta el campamento estaba bordeado de una considerable capa de nieve.
Jimeno se quedó absorto según se acercaban y el enorme estandarte con el escudo del Águila de San Juan se iba haciendo más visible, como si quisiese proteger con sus alas extendidas el interminable número de carros de combate y tanquetas que descansaban en la explanada.
La visión aumentó el desconcierto y el desasosiego de Jimeno que sintió como si ese malestar se convirtiese de repente en toneladas de hierro colocadas sobre su cabeza, la amarga y cruel sensación de la derrota. El impresionante ejército del general Franco reposaba ante él preparado para aplastar Madrid. El fin de la guerra estaba cercano y dicho fin significaba la derrota de la República, el fin del fallido intento de instaurar la libertad y la democracia en el pueblo español.
La República había fracasado y un futuro incierto y tenebroso se precipitaba sobre el país. La derrota por parte del bando republicano era incuestionable, como lo declaraban abiertamente muchos políticos y militares; ahora solo quedaba esperar como llegaría esa derrota, si resistiendo hasta el final como deseaban los comunistas y los socialistas de Negrín, o negociando y pactando una rendición que permitiese terminar con el hambre y las penurias que sufría la población de la capital y de otras zonas de la República, como deseaban buena parte de los militares, apoyados por un buen número de políticos socialistas y republicanos, como se decía por ahí.
Jimeno suspiró. Estaba hastiado de bombas, disparos y muertes.
A pocos metros, el regimiento de moros descansaba junto a sus caballos, sus coloridos uniformes y capas relucían resaltando en el oscuro gris del día, sin saber por qué, otro grupo de soldados africanos parecía estar mucho más alerta cerca de una de las tiendas donde varios militares vigilaban terriblemente armados.
El soldado nacional les condujo entre la tropa hasta una de las tiendas. Se podía oler la tensión, incluso el respeto rozando el temor que reinaba entre muchos de aquellos militares. Les indicó que pasasen al interior donde les recibió un militar cuya guerrera se mostraba ostentosamente cubierta de condecoraciones, un hombre canoso que seguramente sobrepasaba los sesenta años pero con un rostro que, aunque presentaba arrugas y parecía cansado, revelaba una indestructible decisión hacia su cometido.
¿El coronel Garrido? Preguntó el capitán Ulloa sin que el viejo militar que tenía delante soltase una sola palabra. Le traigo este mensaje.
El capitán republicano estiró su brazo y entregó un sobre al coronel Garrido.
¿Quién lo firma?
El coronel Segismundo Casado.
Los labios se retorcieron y las cejas se enarcaron en el rostro de Jimeno que no pudo reprimir su sorpresa, no conocía personalmente al coronel Casado, pero muchas cosas se decían de él en las últimas semanas, muchos rumores sobre su posible traición a la República que sobre todo provenían de la izquierda más radical de la milicia y de la trinchera, incluso había asistido a una tremenda bronca con violencia física incluida en el café “Del Son” donde se juntaban muchas noches un sinfín de variedad de combatientes, políticos e intelectuales a tomar algún chupito de whisky cuando había suerte de que alguien apareciese con alguna botella del preciado licor; la bronca en sí había surgido cuando uno de los comunistas increpó a un capitán cercano al coronel Casado llamándole traidor.
El personaje entró de improvisto por una lateral de la enorme tienda de campaña y borró de un plumazo todos los recuerdos y pensamientos de Jimeno; la figura hizo su entrada como si hubiese estado esperando, incluso escuchando, era un militar de alto rango, por su aspecto, uno de los más altos; su uniforme resaltaba impecable y sus botas de campaña relucían con un brillo intimidante; el individuo, de físico no muy grande y de aspecto enfermizo, irradiaba un aurea de poder y de fuerza que transmitía al grupo de militares que le rodeaban como si fuesen perros sabuesos en derredor del cazador con escopeta y que parecían bailar como auténticas marionetas al son de aquel menudo hombre.
El viejo militar que les había recibido se cuadró como el hierro ante el recién llegado que le dijo algo al oído y echó una furtiva mirada a los militares de la República.
Jimeno miró a los dos soldados republicanos por si ellos también se cuadraban ante aquel hombre, pero ninguno lo hizo. Enseguida, el coronel Garrido se relajó y entregó el sobre al recién llegado en un sublime gesto, este escudriñó a los republicanos con unos ojos vivos y pequeños que parecían irradiar una fuerza descomunal, después, con una solemnidad teatral, abrió el sobre con una navaja que uno de sus subordinados le entregó, leyó el escueto papel y volvió a fijar su mirada en los militares de la Republica.
Díganle al coronel Segismundo Casado que tendré muy en cuenta su propuesta.
Después de pronunciar las palabras, el general Francisco Franco dio media vuelta y abandonó la tienda acompañado de su séquito.


martes, 19 de junio de 2018

Reseña "Botones de suspense y misterio"


Primera reseña de mi libro de relatos "Botones de suspense y misterio" realizada por la sensacional blogera Jazmin Rial y que se puede leer completa en su blog de literatura, NAVEGANDO ENTRE LETRAS.

https://navegandoentreletrass.blogspot.com/2018/06/botones-de-suspense-y-misterio-de-jose.html

"Como diría Poe, creo que lo más importante del cuento es su "efecto", ese momento en el que uno cae, se da cuenta de algo. En estos relatos esto sí lo pude observar ya que además el género en el que están inscritos ayuda en este efecto."

Fragmento de la reseña. Que más puedo decir, "como diría Poe", el gran Edgar Allan Poe.


viernes, 11 de mayo de 2018

Reseña "Los Gegos"



Nuevamente dedico una entrada en el blog para hablar de mi novela "Los Gegos", esta vez, para dar a conocer su primera reseña.

Esther es la autora de dicha reseña y en su blog literario y de reseñas "Los libros de Renardel", es donde se puede leer.

 https://loslibrosderenardel.blogspot.com.es/2018/05/los-gegos-de-jose-antonio-fernandez.html


"Los libros de Renardel" es un blog sensacional y refrescante, con todo tipo de apuntes literarios que merece la pena visitar y ojear con detenimiento, y donde sin ninguna duda, se puede encontrar una buena recomendación de lectura para aquel o aquella que desee leer calidad y alejarse un poco de los autores consagrado y conocidos.

martes, 17 de abril de 2018

Botones de suspense y misterio

LC Ediciones presenta mi libro de relatos "Botones de suspense y misterio", una recopilación de historias construidas en torno a hechos cotidianos o relacionados con nuestra más cercana realidad envueltos en notables pinceladas de misterio o sobrenaturales.

Más información sobre el libro en la página de la editorial.

https://lcediciones.amarante.es/#!/Botones-de-suspense-y-misterio/p/104212817/category=24092632

miércoles, 4 de abril de 2018

DESIERTO ROSA de "Tony Dominguez"


Una lectura alternativa. Una historia cruda y dramática que muestra de forma directa y sin tapujos el mundo del terrorismo y del tráfico de mujeres.

Descarga la novela gratis en el siguiente enlace:

http://www.editorialdreamers.com/libros/desierto-rosa/

sábado, 17 de marzo de 2018

"Patria"


Emotivo, intenso, emocionante, original, divertido...

Dos familias amigas de toda la vida, después separadas por el conflicto, y por último... reconciliadas.

Una novela intensa de principio a fin que descarna y desnuda el conflicto vasco ante nuestros ojos. Un libro indispensable para quien quiera profundizar y reflexionar sobre uno de los problemas más trágicos y sangrantes que ha tenido nuestro país desde la restauración de la democracia.




martes, 6 de marzo de 2018

RINGOU (Leo relatos)


                                                                                        

El ser primitivo avanzó con rapidez, casi corriendo, moviéndose sobre sus dos extremidades inferiores como si estuviese practicando un extraño y extravagante baile.
Se deslizó por la pendiente totalmente helada, apoyándose sobre sus duras nalgas como si de un trineo se tratase. Pronto comenzaría a amanecer y la temperatura pasaría en poco menos de una hora, de los 20 grados bajo cero hasta alcanzar casi los 50 grados positivos.
Abrigado con viejas pieles y materiales antiquísimos ya totalmente desconocidos, casi fósiles, el ser aumento su carrera, tenía que llegar al llano y abandonar las ondulaciones del terreno que se podían convertir en auténticas cataratas si comenzaba a llover; había aprendido a sobrevivir en un mundo totalmente hostil, caminando y abriéndose paso entre montones de cadáveres de seres de su misma especie que no lo habían conseguido.
Por eso seguía vivo aún. Ringou era un superviviente nato.
Comenzó a despojarse de sus trapos nada más comenzar a subir las temperaturas, dejando su cuerpo totalmente desnudo, un cuerpo que medía poco más de metro cincuenta y estaba cubierto de una piel áspera, llena de rugosidades y con un enorme aspecto de quemada que le servía para protegerse de las temperaturas extremas que habían invadido el ambiente; el individuo había evolucionado en los últimos años, tal vez tendría 50, tal vez 60, y lo había hecho a un ritmo vertiginoso, como nunca antes ningún organismo vivo había evolucionado en el planeta, aunque conservaba casi todas los rasgos principales de la estructura de sus antepasados.
El ser guardó sus ropas en su primitivo zurrón junto a su más preciado tesoro. Miró las últimas estrellas que brillaban resplandecientes en el cielo compitiendo con la propia luna y que terminaban de retirarse apresuradamente. No tenía planos, solo se guiaba por el Sol, las propias estrellas y el viento, pero tenía claro su destino, un destino inciertamente desconocido, pero al cual ansiaba llegar después de haber caminado miles de kilómetros, atravesando las infinitas llanuras heladas que cubrían el inmenso océano que había invadido enormes extensiones de los antiguos continentes; había navegado con los suyos, plantando cara a las enormes adversidades del mar y se había quedado solo. Solo, pero había conseguido alcanzar aquella nueva tierra y su corazón le decía que estaba cerca de su destino.
Nada más aparecer el sol, unas oscuras nubes atravesaron el cielo con ansiosa rapidez, un relámpago rompió el lejano horizonte y el inmediato trueno borró todos los demás sonidos. Pero el individuo no se inmutó ante la demostración de poder de la atmosfera, en guerra con él y con su especie desde hacía ya más de 300 años.
Estaba acostumbrado, incluso había notado que tal fuerza comenzaba a perder intensidad en los últimos tiempos. Buena señal. Aun así, si la tormenta llegaba, podría ser poderosa.
La necesidad de vivir le había convertido en un privilegiado de su especie, en un superviviente. Había buscado y encontrado comida en cualquier rincón y se las había ingeniado para escapar de sus más crueles enemigos que como él, luchaban por sobrevivir en el nuevo orden del mundo.
Ahora, debía de encontrar en el llano alguna hendidura no demasiado pronunciada, o en último caso, enterrarse en la tierra hasta que pasasen las horas del calor insoportable.
Ante él apareció en el horizonte un pequeño grupo de arboles, parecían finos y altos, jóvenes arboles que demostraban en un nuevo gesto de la naturaleza, qué aquel mundo hostil se estaba regenerando. Torció en un extraño gesto sus labios y gritó “¡Ringou!” como él mismo se había dado en llamar, convirtiéndolo en su grito de ánimo; sin duda, aquellos arboles le aportarían la sombra y la temperatura necesaria para pasar aquella nueva jornada.
Antes de llegar a los árboles, Ringou se paró y aguzó su privilegiado oído. La fina película de hielo comenzó a temblar bajo sus pies. Ojeó el horizonte y vio las dos figuras que se engrandecían a increíble rapidez.
Las inmensas bestias iban adquiriendo su clara anatomía. Casi el doble de sus inmediatos antecesores, los elefantes, pero la trompa había dado paso a un casi inservible muñón por el que seguían respirando produciendo unos angustiosos zumbidos, los colmillos habían adquirido un filo y una consistencia canina dotándoles de unas fauces sanguinarias.
El ser primitivo corrió hacia los arboles. Su mente estaba fresca y viva, pero su cuerpo arrastraba los innumerables kilómetros recorridos. Sus músculos cansados protestaban ante aquel nuevo esfuerzo, haciendo que los arboles pareciesen alejarse cada vez más.
El primero de los enormes bichos abrió sus fauces y Ringou pudo sentir su pestilente aliento chocar contra su espalda desnuda. Buscó en su zurrón mientras corría y cogió el último de los artefactos, reliquia del pasado, que aun mantenía. Lo miró y sin dejar de correr, apretó el botón rojo que dio paso a un intenso parpadeo.
Ringou se paró. Su cuerpo caliente expulsaba un cálido vaho que se mezclaba con la fina neblina que manaba del suelo. Calculó mentalmente los segundos y cuando el gran elefante se acercó a tan solo unos pocos metros de él, lanzó el artefacto con todas sus fuerzas al tiempo que retomaba su carrera.
La explosión le elevó del suelo y le lanzó unos metros en el aire hasta que aterrizó nuevamente rodando sobre la tierra. Enseguida, una lluvia de barro cubrió prácticamente todo su cuerpo. Se incorporó. El primero de los dos animales parecía tener su cara partida en dos, tumbado en una extraña posición sobre un charco de sangre, vísceras y huesos, pero aun vivía, aunque su mortal amenaza parecía haber desaparecido. Sin embargo, el otro se debatía con todas sus energías, tumbado, pataleando como un gigantesco escarabajo colocado patas arriba. El animal lanzó un estremecedor berrido que erizó los pelos del primitivo. El enorme bicho se levantó de un poderoso salto y Ringou pudo ver su rostro recargado de odio y sangre. Sintió como se clavaba en él su despiadada mirada.
La lluvia comenzó a caer con fuerza. Los dos seres comenzaron a correr al unísono bajo la tormenta que crecía en intensidad hasta convertir la lluvia en diluvio.
Alcanzó los arboles y comenzó a trepar al más alto, pero sus adiestradas extremidades resbalaban contra la joven y empapada corteza del árbol haciendo su ascenso por el tronco lento y penoso. Apretó sus manos hasta clavar las palmas en los pronunciados nudos de la corteza; la sangre, mucho más espesa que décadas atrás, resbaló disuelta con el agua de lluvia tiñendo la grisácea corteza de rojo. Su cuerpo comenzó a elevarse más rápidamente por el tronco al tiempo que el roído pero afilado colmillo de la bestia rozaba su pie e impactaba violentamente contra la madera haciendo temblar al joven árbol.
Ringou no tenía miedo a la muerte, no tenía ninguna idea religiosa, espiritual o moral como las habían tenido sus antepasados, solo su instinto de supervivencia; apretó sus dientes y continuó escalando. El elefante esta vez, hundió sus mortíferos dientes en el fino tronco del árbol. El primitivo sintió como debajo de él, el árbol se quebraba soltando un lamentoso quejido.
La fuerte lluvia ya había inundado la pequeña dehesa donde habían nacido el grupo de arboles, creando un pequeño lago de aguas cada vez mas turbulentas.
Ringou cayó a la laguna abrazado con todas sus fuerzas al tronco partido, como una madre abrazada a su hijo al que no piensa soltar ni siquiera ante el más mortífero de los peligros.
La bestia se volvió hacia él, el agua cubría hasta la mitad de sus poderosas patas, abrió sus fauces y atacó.
El primitivo solo tuvo el tiempo justo de agarrar una de las grandes ramas que se revolvían en el agua junto a él y elevarla ante su atacante, incrustando la punta en la boca del animal. Un ahogado gemido hizo temblar las gotas de lluvia a su alrededor, la bestia pareció escupir un chorro de sangre y cayó produciendo un pequeño maremoto en la recién formada laguna.
Ringou nadó luchando contra las aguas revueltas, intentando alejarse de la bestia herida. De improvisto, más poderoso que el olor a tormenta y barro, sintió el aire podrido y enfermizo mezclado aun con el penetrante olor a pólvora. Justo delante de él, cortándole su huida, le miraba el otro elefante con su cara abierta en una infernal mueca de odio, le faltaba una de sus extremidades delanteras, pero el animal había conseguido arrastrarse hasta él; la bestia empleó sus últimas fuerzas y se levantó sobre sus patas traseras como un esplendoroso caballo y lanzó su cuerpo mutilado hacia Ringou que en un desesperado gesto de supervivencia, se impulsó hacia atrás intentando escapar del mortal ataque.
La enorme bestia cayó sobre él, el ser primitivo solo pudo notar como el suelo se hundía y provocaba un violento remolino que comenzó a arrastrarle hacia las profundidades. La pequeña dehesa se convirtió en un gigantesco embudo tragando y absorbiendo toda el agua, el barro y los árboles. La bestia caía a su lado, lanzándole, en intentos desesperados, sus últimas y ensangrentadas dentelladas.
Ringou hundió sus manos en la tierra, inútilmente, sus dedos solo se aferraban al barro que resbalaba entre ellos. Pronto, la oscuridad se hizo casi absoluta, tan solo los ojos del elefante y su respiración moribunda. No gritó cuando su costado y su brazo derecho impactaron violentamente contra el objeto. El dolor se había convertido para él en una sensación ambigua, muy diferente a como lo habían conocido sus antepasados y con el que se había acostumbrado a convivir en su lucha constante por la supervivencia, tan solo de su garganta se escapó un áspero sonido gutural. La piel rugosa de sus manos se asió con fuerza al objeto mientras su enemigo continuaba cayendo. Pronto escuchó el impacto del enorme cuerpo del animal contra las aguas del rio subterráneo. Intentó recuperarse. Se dio cuenta de que se había agarrado a uno de los troncos de los jóvenes arboles que se había atascado entre las piedras en un precario equilibrio. Debajo, en la profundidad, el agua rugía furiosamente, Ringou pudo distinguir en la oscuridad del abismo, el brillo impetuoso de la espuma levantada por la violenta turbulencia de las aguas.
El hundimiento de tierra fue perdiendo su voraz intensidad. Las manos del primitivo aflojaron la presión sobre el tronco como si fuese una víctima a la que acababa de quitar la vida. Se encaramó a la pared. Sus brazos se hundían en la tierra. Fue trepando penosamente entre el barro hasta que el terreno se hizo más duro y horizontal y pudo levantar su cuerpo hasta casi ponerse de pie. El caudaloso rio parecía haber creado un angosto y vertical valle subterráneo por el que arrastraba todo lo que se interponía en su camino.
El rebelde sonido del agua subterránea fue debilitándose hasta casi desaparecer en las profundidades. El ser anduvo cojeando en la oscuridad. Nuevamente, la pared pareció hacerse vertical. Ringou pareció abrazar la roca, sus pies cada vez encontraban más problemas para ajustarse a la cada vez más estrecha cornisa.
Las sensaciones como el miedo, la indecisión, el fracaso, también habían dejado de existir en el ser primitivo, pero lo que no podía evitar era que su cuerpo notase el esfuerzo acumulado. Sintió como sus músculos estaban al límite, extenuados, pero tenía claro que debía de seguir adelante. Sus magulladas manos empezaban a agarrotarse y fugaces y eléctricos calambres recorrían cada uno de sus dedos.
En la oscuridad, sus manos toparon con otro elemento diferente a la fría y resbaladiza roca como un inesperado ángel salvador. Ringou se aferró fuertemente al nuevo elemento que pronto se hizo más abundante. Eran raíces, raíces que desde quizá muchos metros arriba, se habían extendido imparablemente en el interior de la tierra buscando su alimento.
El primitivo trepó más fácilmente por una de aquellas raíces hasta que se introdujo por un agujero de la pared. Por fin, pudo asentarse firmemente aunque sin dejar de agarrar la gruesa raíz que le había salvado del precipicio. No sentía especialmente frio en el interior de la tierra, pero la humedad era intensa.
Lentamente continuó avanzando hasta que la temperatura de las rocas se elevó notablemente.
Ringou se encogió en la oscuridad entre la raíz y la roca templada. Su cuerpo se relajó. Su organismo había conseguido hacerse inmune contra numerosas bacterias y virus que habían acabado con miles de sus antepasados después de los grandes desastres, dotándole de nuevos mecanismos de defensa contra los bruscos cambios del clima.
Se despertó en alerta. Había escuchado la densa respiración aproximándose por el negro pasillo. El descanso le había fortalecido, aunque las numerosas heridas y hematomas habían agarrotado, sobre todo, una de sus piernas.
A pocos metros, varios puntos rosáceos tomaron vida. Un gran cuerpo se acercaba hacia él arrastrándose entre la roca. El primitivo rastreó la negra pared y encontró un agujero cercano, penetró en la oscuridad y se alejó del nuevo enemigo. Los ruidos y los puntos rosáceos quedaron atrás al tiempo que una claridad brillante y azulada inundó el túnel como una fina neblina, miles de pequeñas estrellas parecieron envolver a Ringou en su propio universo.
El estrecho túnel se cortó en seco y el primitivo cayó rodando por una ligera pendiente aterrizando en una estancia donde las paredes de roca se arrugaban formando extrañas formas, jóvenes estalactitas y estalagmitas, sin duda formadas por el nuevo orden de la naturaleza, brillaban en el techo y en el suelo de la caverna en cuyo centro rebosaba mansa el agua de una pequeña laguna. Detrás de él, en el túnel, el ruido nuevamente se hizo lento pero claro.
Ringou se acercó cojeando a la orilla de la laguna, alejándose unos metros del agujero. Observó el terreno. Otros agujeros de igual tamaño por el que él había aparecido y algunos más grandes, se dibujaban en la pared de roca como un oscuro y podrido queso.
El bicho apareció reptando lentamente por el agujero lanzando un estridente silbido. Era un gusano de al menos un metro de largo y redondo como un pequeño tonel, su cuerpo lo formaban una serie de gruesos y coloridos anillos unidos entre sí por una masa pegajosa y brillante. Se arrastraba con decisión, aunque con movimientos lentos, hacia Ringou, que sin pensarlo, se tiró a la laguna y nadó lo más rápido que pudo. El agua templada pareció revitalizar su pierna agarrotada. Alcanzó la otra orilla y miró al bicho que se arrastraba cerca de la orilla contraria como una gigantesca lombriz.
El enorme gusano se metió en el agua parsimoniosamente, y sin que el primitivo pudiese reaccionar, atravesó los metros de agua que les separaban con la rapidez de un torpedo. Salió impulsado del la laguna con una fuerza desproporcionada.
Ringou intentó apartarse, pero notó como la pegajosa y alargada boca del bicho se pegaba a una de sus pantorrillas con una tremenda fuerza. Intentó separar al gusano de su cuerpo, pero sus manos se hundieron en una masa blanduzca para enseguida tocar un caparazón interior duro como el hierro. Notó como la boca de la gigantesca lombriz lentamente absorbía su pierna. Se lo comía. Enseguida sintió como una desagradable parálisis empezaba a invadir su extremidad.
Otro gusano apareció por otro de los agujeros soltando un nuevo silbido que llenó la caverna. Y Otro. Uno tras otro, los gusanos fueron apareciendo por los diversos agujeros arrastrándose hasta las aguas de la laguna. A cada gusano le acompañaba un estridente silbido que por momentos empezaron a convertir la caverna en una enorme y siniestra caja de música.
El primitivo se arrastró tirando del cuerpo del gusano pegado a él. Sus manos encontraron una roca y la levantó con todas sus fuerzas estrellándola contra el reptil, partiendo su cuerpo en dos en medio de una explosión de sangre morada y viscosa. Metió sus manos en el cuerpo roto y lo arrancó con rabia de su pierna que ya se encontraba tremendamente colorada, pero aún podía moverla.
Al otro lado, otro de los gusanos penetró en el agua y como el anterior, se impulsó como un cohete, pero esta vez, el primitivo se preparó para el ataque. El bicho salió del agua lanzado hacia él, pero Ringou lo esquivó. El gusano cayó al suelo arrastrándose un par de metros, provocando un húmedo chasquido que se mezcló con los silbidos en una macabra serie de cacofonías. Algunas de las jóvenes estalactitas cayeron produciendo pequeñas explosiones en el agua templada.
Otra lombriz entró en la laguna. Ringou se preparó para un nuevo y más continuado ataque mientras el primer gusano avanzaba lentamente por su retaguardia.
El primitivo se protegió con la piedra nuevamente, pero esta vez, el impacto le hizo caer al suelo; sin tiempo para levantarse, otro gusano salió del agua cayendo sobre él. Ringou intentó apartárselo. Otro gusano más penetró en el agua mientras el de su espalda casi le tocaba con su boca. Los silbidos ahogaban el pensamiento del ser primitivo. Sintió como la fría y pegajosa boca de uno de los bichos se pegaba a su cuerpo. Otro más salió propulsado del agua.
Ringou se dio cuenta de que estaba perdido. Entonces, un chillido se hizo más fuerte que los silbidos de los gusanos. El ser primitivo solo pudo advertir como unas poderosas alas se batían sobre su cabeza al tiempo que se veía arrastrado pegado a la boca del gusano por uno de los negros túneles. Sintió un fuerte golpe en su cabeza que le dejó momentáneamente inconsciente. Cuando recuperó el conocimiento, se hallaba nuevamente en el exterior, a plena luz del sol. Volaba. Aun permanecía dolorosamente adherido al gusano por uno de sus costados, al que a su vez, tenía sujeto firmemente pos sus enormes garras un gigantesco pájaro.
Brillantes llanuras verdes salpicadas de vivos colores resplandecían a unos cuantos metros bajo su cabeza.
A pesar de la situación, Ringou disfrutó de la vista. Nunca había visto nada igual. Siempre desiertos, nieve infinita, extensas llanuras de agua y hielo…, algo estaba cambiando y para mejor, por eso debía sobrevivir. Con más fuerza se asió al gusano que ya no se movía, muerto tal vez al sacarle de su hábitat de negrura y humedad. Notaba, segundo a segundo, como la presión de la boca del gusano pegada a su piel se iba aflojando. Si caía desde esa altura todo terminaría. Se balanceó. El pájaro soltó un graznido y cambió bruscamente su ritmo de vuelo a la vez que lanzaba su pico contra el cuerpo del primitivo. Ringou notó como el duro pico se clavaba en su muslo, se balanceó con más fuerza y elevó su cuerpo hasta que tuvo al alcance las patas del pájaro, tomó impulso y agarró con fuerza las ásperas extremidades del ave.
El pájaro, ante la presión de las fuertes manos de Ringou, soltó al gusano que cayó libremente. Abajo, el paisaje fue pasando del color verde, al azul de numerosos y pequeños lagos, antesala de un enorme rio de verdosas y mansas aguas.
En ese momento, el ave inició un vuelo en picado.
Ringou se soltó. Cayó sobre las aguas del rio en una suave explosión de burbujas. Lentamente nadó hasta alcanzar uno de los enormes y viejos troncos que surcaban el manso lecho, probablemente arrastrados desde muchos kilómetros atrás.
La humedad era intensa, pero el agua era tibia y la temperatura era especialmente agradable para el cuerpo del primitivo que se abrazó a su nuevo amigo y se relajó.
Los microclimas de aquella parte del planeta parecían haber experimentado un decisivo auge después del gran cambio, favoreciendo que la vida fuese tornando de una manera más rápida a la normalidad del planeta, al menos en aquella parte.
El ser primitivo volvió a despertar cuando la noche comenzaba a caer. Ringou pensó que el frio acabaría por fin con él en medio de la absoluta oscuridad que proporcionaba la niebla. Pero el letal frio no caía en aquella noche. La temperatura se mantenía casi constante, permitiéndole navegar sobre el tronco por las tranquilas y oscuras aguas.
La gran bola del Sol poniéndose en el horizonte, dibujó las siluetas grises, orgullosas, como impertérritos restos de un pasado glorioso y ya caído. Ringou contempló hipnotizado aquellos restos, aquellas ruinas lejanas. Su corazón latió con más fuerza. Era su destino. El lugar donde terminaba su viaje.
Buscó dentro de su zurrón y sacó el pequeño rectángulo de metal aun intacto, aunque oxidado y sucio.
Remó con sus manos hasta la orilla. Los enormes y peligrosos depredadores con los que había tenido que luchar para sobrevivir, parecían haber dado paso a una gran variedad de aves y animales mucho más pequeños que apenas le prestaban atención. Caminó por la ribera del rio que se había convertido en un auténtico lodazal, pero pronto, la tierra se hizo más firme y las siluetas de las figuras, más claras. El firme del suelo pasó en pocos kilómetros, del barro, a una fina capa de tierra que crujía bajo sus pisadas.
Por fin, la ciudad apareció nítida ante él. Las casas y edificios más bajos de la periferia, habían desaparecido por completo barridos por las viejas corrientes originadas por el gran cambio del clima para después, ser sepultadas por el océano y el hielo. Ringou continuó andando. Tan solo el grupo de rascacielos había sobrevivido. El primitivo se paró a pocos metros de ellos. Los contempló maravillado. En las moles de hormigón, hasta al menos el piso diez, aun se presenciaba la marca del agua y después el desgaste que en ellos había producido el hielo; más arriba, se apreciaba el reflejo del Sol en algunos cristales a los que no había alcanzado la subida de las aguas.
En lo más alto del edificio más grande, Ringou divisó algo. Caminó entre los rascacielos, sin perder de vista lo alto de la mole de hormigón y acero, por lo que antaño sería la principal avenida, ahora enterrada bajo toneladas de tierra, sedimentos y restos orgánicos.
El primer chillido le hizo girar su cabeza instintivamente. Otra serie de chillidos llenos de una estridente y nueva amenaza, cruzaron el aire como sonoros latigazos ante los pasos decididos de Ringou que no dejó de caminar. El primitivo no miraba, pero podía percibir las sombras que le observaban y se movían inquietas, amenazantes en los huecos de las viejas ventanas y puertas.
Subió una ligera colina de tierra sedimentada que cubría los dos primeros pisos del gran edificio. Entró por lo que en muchos años atrás, sería un gran y esplendoroso ventanal probablemente con impresionantes vistas a la gran avenida, en otros tiempos llena de vida y trafico.
Dentro de la estancia se había formado un pequeño bosque, y sobre las algas que durante la gran subida del océano habían cubierto el rascacielos, ahora habían crecido pequeños y salvajes arbustos y enredaderas. Un nuevo chillido sonó muy cerca de él. Ringou se preparó para el ataque y cogió un gran palo del suelo, pero la sombra cruzó la puerta y se alejó. Caminó con sus sentidos en estado de máxima alerta. De alguna manera tenía que subir hasta lo más alto.
El olor a humedad era intenso en el interior del edificio, aunque probablemente, el agua hacía años que se había retirado del lugar, dejando tras de sí, numerosas y ocultas goteras que repiqueteaban en una oscura sinfonía liquida. Ringou percibió como las sombras que le seguían se agrupaban, seguramente preparando el ataque. Los chillidos se intensificaron, más penetrantes, más ansiosos y agresivos. Una de las sombras se precipitó sobre él desde el hueco de una pared hundida por la humedad. El primitivo solo tuvo tiempo de volverse hacia la silueta y protegerse instintivamente con el palo mientras el cuerpo caía sobre él.
El ser primitivo cayó al suelo derribado por su enemigo soltando el palo de sus manos. La bestia clavó cada una de sus negras y sucias uñas en los hombros de su víctima; Ringou lanzó un grito de furia más poderoso aun que el de la bestia que le atacaba antes de sujetar el peludo cuello con sus manos, impidiendo en el último instante, que unos negros dientes se hincasen en su garganta. Apretó todo lo que pudo sus manos sobre el musculoso cuello de su adversario, sus ojos se clavaron, a pocos centímetros, en las pupilas marrones y brillantes de su atacante que reflejaban su ansia de matarle, sus alientos se mezclaron en una densa nube de viejos y rancios olores; los dientes sobresalían negros, sucios, rotos, luchando por alcanzar a su presa, por clavarse en sus carnes.
El primitivo giró su cabeza, notó como las uñas profundizaban aun más en su carne desgarrando tejidos. A un lado, cerca de su mano, pudo ver un tronco de madera negro y grueso como su puño. Solo tendría un instante. Soltó su mano derecha. Sintió como los dientes mellados y cortantes rozaban su cuello antes de destrozar la cabeza de su enemigo que cayó envuelto en un suspiro de derrota.
Ringou se levantó con el tronco manchado de sangre en su mano. No podía contar con sus dedos los seres que le rodeaban, ahora, todos ellos visibles, la mayoría similares al que yacía muerto a sus pies, algo más bajos que él, apoyados sobre sus extremidades inferiores, aunque cubiertos de una gran capa de pelo negro y áspero como una vieja alfombra. Sus formas, sus facciones, les daban una gran similitud con él mismo.
Los animales chillaban, saltaban furiosos a su alrededor, esperando algún mínimo gesto para saltar sobre él y acabar con su vida. Ringou volvió a gritar también, levantó su palo ante el alboroto de sus enemigos que se apartaron para dar paso a otro ser mas grande, mas erguido, que miró al primitivo directamente, sin chillar.
El primitivo también le miró y cojeando avanzó hacia su destino. En un rincón, el piso parecía ascender en un estrecho camino que se perdía en las alturas. Los chillidos acribillaron sus oídos, los primates se movieron nerviosos, pero el ser más grande de pelaje blanco, el más alto, el recién llegado, llevó sus manos a su cabeza agitándola en un extraño ritual. Ninguno más se abalanzó sobre Ringou que sintió las miradas clavadas en su espalda como cientos de envenenados dardos, pero continuó subiendo por las entrañas del rascacielos sin recibir ningún nuevo ataque.
Los chillidos fueron bajando en intensidad, perdiéndose en los pisos inferiores. Ascendió por la rampa cubierta de arena reseca, restos de algas y alguna concha marina, hasta que el paisaje cambió. Todo parecía estar más limpio, mas intacto, mas reciente, donde el mar en su ascenso vertiginoso no había conseguido llegar; por un momento, desde uno de los huecos de una ventana, contempló la impresionante vista, la vasta llanura de arena rodeando el complejo de rascacielos parcheada de enormes manchas más oscuras de sedimentos dejados por el océano en su retorno; mas allá, la verde ribera del enorme rio donde se aglomeraba la vida en innumerables especies de incestos, reptiles y otros animales sobrepuestos perfectamente al cambio climático.
Mas allá, las montañas que habían escupido a Ringou agarrado a las garras del pájaro.
Según ascendía, encontraba más y más huesos de los que el primitivo empezaba a reconocer sus formas, sus medidas, y que le hacían comprender a quien habían pertenecido, algunos, aun unidos en esqueletos perfectamente reconocibles. Y cuanto más ascendía, numerosos vestigios de ropas antiquísimas, objetos metálicos irreconocibles para Ringou que aparecían unidos a los huesos.
El primitivo llegó a la última planta, la gran azotea donde una fresca brisa rebajaba la bochornosa humedad del día. Montones de esqueletos le rodeaban, de diversos tamaños y texturas, como si de un museo del pasado se tratase, como si un número interminable de aquellos seres se hubiesen amontonado en aquella azotea intentando escapar de un fin inevitable.
Volvió a sacar el pequeño cuadro que guardaba como un tesoro, herencia de sus ancestros; en el pequeño retrato, se veía un grupo de seres posando felizmente, muy similares a Ringou pero a la vez diferentes, vestían ropas coloridas, nuevas, estaban alegres como si las necesidades que Ringou y los suyos habían padecido, ellos no las hubiesen conocido.
El primitivo buscaba a aquellos seres, sus antepasados. Paseó entre los cadáveres y llegó hasta el borde de la azotea donde aun se mantenía en pie la enorme silueta de un hombre, Ringou recorrió con sus manos la forma de aquel signo tallado en metal y colocado en la azotea como símbolo de una grandeza ahora desaparecida; el primitivo dio la espalda a la gran figura humana y volvió a caminar hasta alcanzar un gran Hall de cristal que había conseguido sobrevivir casi intacto. Cruzó la puerta. Dentro más huesos. Uno de los esqueletos aun conservaba sus antiguas ropas y parte de un matojo de pelo blanquecino. Estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, Ringou dedujo que se trataba de una hembra porqué en su regazo sujetaba lo que parecían los restos de un pequeño cuerpo momificado. El primitivo acercó su mano y tocó la pequeña cría humana que se deshizo con la facilidad de un frágil objeto de barro cuando se le da un pequeño golpe.
Ringou miró aquellos restos de sus antepasados. Sus ojos, por primera vez en su vida, se mojaron como consecuencia de una sensación que el hombre primitivo no había conocido hasta aquel instante. Cogió su retrato y lo colocó en el regazo de la hembra con una inusual delicadeza junto a los restos desechos del pequeño.
Después, volvió a mirar por la azotea y oteó el horizonte con una desesperante sensación de cansancio. Abajo, los primates parecían haber retomado su vida normal y no parecía que estuviesen pendientes de él. El primitivo les miró en sus actividades, algunos se parecían enormemente a él, a los seres de los que ahora solo quedaban sus huesos y sus signos, a los seres de la foto.
Se parecían mucho.
Tal vez el ser humano tuviese una nueva oportunidad.
Tal vez.