domingo, 18 de agosto de 2013

La princesa rusa II


                                              Decisión amarga

 

Después de un tiempo que a Sofía le fue imposible calcular, quizá algunas horas, alguien abrió la puerta y dos hombres distintos a los que acompañaban a Denis, la condujeron fuera del chalet, y muy rápidamente, la subieron en un coche.

Los dos hombres la condujeron a su nuevo destino sin decir palabra, mientras la mezcla de sentimientos que Sofía había experimentado en el pequeño cuarto, se fundían en una única sensación muy próxima al pánico. En aquellos momentos la joven estaba plenamente convencida de que la conducían a algún lugar solitario donde llevarían a cabo su ejecución, después de violarla y torturarla salvajemente.

Cuando el automóvil se detuvo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. “Ha llegado el momento” pensó, mientras que curiosa y sorprendentemente, el pánico empezaba a disminuir y comenzaba a retomar el control sobre sí misma, a resignarse, como había hecho con éxito en toda su vida. “Quizá sea rápido y no me entere de nada” volvió a pensar con resignación.

Se fijó en que las luces de la inmensa ciudad habían desaparecido y el automóvil se había detenido junto a un edificio de una sola planta, aparentemente aislado de cualquier otra construcción y en cuya parte superior se veía un luminoso letrero que Sofía no supo leer, junto a un dibujo igualmente iluminado con luces de neón que parecía representar a una mujer tumbada y desnuda, bebiendo de lo que parecía ser una copa. Ambos se encendían y apagaban en tonalidades rosas y verdes, resplandeciendo débilmente en la noche recién nacida de aquel primer día de julio. Sofía imaginó enseguida que en aquel sitio se llevaba a cabo la prostitución, al igual que en el chalet, pero su aspecto externo no se podía comparar con la limpieza y el lujo de aquel. Aquel lugar era lúgubre y tenía un aspecto increíblemente descuidado. El lugar se asemejaba más a la leve idea inicial de miseria y marginación que la joven tenía de la prostitución.

Repentinamente desapareció de su cabeza la idea de que le iban a matar.

Uno de los dos hombres la bajó del coche agarrándola del brazo con suavidad, gesto que ayudó a que subiera aun más su nivel de autocontrol, al mismo tiempo que bajaba más el del pánico.

-¿Que me vais hacer? -se atrevió a preguntar en ruso.

-Tranquila. No te va a pasar nada -contestó el mismo hombre que la había sacado del coche en perfecto ruso y con una voz tan sincera que casi se podía palpar.

El hombre miró a Sofía, con un afecto tan inesperado que la joven llegó incluso a asustarse, mientras le hacía gestos para que les siguiese.

La condujeron dentro del local por la parte trasera, donde los recibió un hombre cuyo aspecto no inspiró mucha confianza a la joven que hasta ese momento había empezado a tranquilizarse.

Enseguida la volvieron a meter en un cuarto completamente oscuro.

Sofía pensó que aquello, decididamente, no se podía comparar con el chalet. El olor era nauseabundo y las paredes pringaban sus manos de Dios sabría que sustancia. Intentó buscar un interruptor de luz sin mucha fortuna. Se hizo un hueco entre los numerosos objetos inidentificables con los que tropezaba y se quedó allí, agazapada nuevamente, aguantando aquel nauseabundo olor. Esperando.

No tuvo que esperar mucho tiempo. Enseguida se abrió la puerta y se encendió la luz; fugazmente pudo comprobar que se encontraba en lo que debió de ser un cuarto de baño, aunque su atención se centró enseguida en el hombre que acababa de entrar, el mismo que la había sacado del coche con suavidad y la había mirado con tanto afecto; y con ese mismo afecto, pero al mismo tiempo con voz solemne, la dijo:

-Este será tu nuevo lugar de trabajo. Estarás aquí hasta que decidas llevarlo a cabo y cuando lo hayas aceptado, volverás al chalet, donde continuaras trabajando -el hombre hizo una pausa-. Allí estarás mejor que en este antro. Aquí te dejo algo de ropa -terminó diciendo mientras dejaba una pequeña bolsa de deporte sobre una vieja banqueta. Dio media vuelta y se dispuso a salir de aquel cuartucho.

-Pero yo no puedo hacerlo, no puedo, no lo soportaré... -se vio obligada a soltar, aunque suponía que aquel hombre no le haría el menor caso y la dejaría allí, con sus pesares, pese al afecto mostrado.

Para su sorpresa, el hombre se volvió nuevamente hacia ella.

-Sofía, debes trabajar como prostituta, nadie va a poder ayudarte a hacer otra cosa. Solo tú puedes elegir, o te mueres de asco en ese rincón o afrontas con valentía tu nueva situación -la joven miró directamente a los hermosos ojos azules del hombre que le devolvían la mirada con un inesperado cariño y comprensión, y que encajaban perfectamente en el atractivo rostro masculino que le hablaba con una voz llena de sinceridad-. Cuando decidas comenzar, díselo al encargado y enseguida vendremos a por ti. Y tranquila, nadie va a hacerte daño –añadió y enseguida abandono el cuarto dejándola nuevamente sola.

La primera noche que paso encerrada en aquel cuarto, fueron de los peores momentos de su corta estancia en aquel club. Había pasado un buen rato desde que se volvió a quedar sola y su olfato se había adaptado ya al asqueroso olor, y a pesar del asfixiante calor que hacia dentro del cuarto, se estaba quedando adormilada en su rincón, cuando se abrió la puerta al mismo tiempo que se encendía la luz, dejando a la vista al mismo hombre que les recibió a su llegada y que tan malas sensaciones la había causado. En sus manos llevaba una bandeja con comida y agua que enseguida dejo sobre un destartalado mueble.

El hombre, que debería tener 50 años o más, o al menos aparentaba esa edad, cerró la puerta por dentro guardándose la llave en uno de sus bolsillos, y se dirigió lentamente hacia Sofía con una sonrisa que más bien parecía una grotesca mueca en su rostro moreno y mal cuidado.

La chica se levantó rápidamente adivinando que aquel individuo no llevaba muy buenas intenciones.

Cuando el hombre llegó a la altura de la joven, le dijo algo, en español supuso Sofía, aunque no comprendió nada y enseguida, la empujo ligeramente contra la pared. Entonces sintió un poderoso brazo sobre su pecho intentando inmovilizarla, apretándola con fuerza, mientras notaba a través de sus vaqueros y con cierta repugnancia, como la otra mano de aquel individuo intentaba abrirse camino ansiosamente entre sus muslos. Sofía se sintió nuevamente dominada por el pánico y cerró los ojos sin fuerzas para resistirse. Sintió los pringosos labios y la lengua del hombre subir por su cuello hasta llegar a su boca, mientras notaba como la mano que había estado entre sus muslos, subía y comenzaba a acariciar frenéticamente sus pechos a través de su camisa.

El asqueroso aliento que desprendía la boca de aquel hombre, una mezcla de alcohol, tabaco y porquería y que la joven no pudo evitar respirar, fue lo que la hizo gritar con todas su fuerzas al mismo tiempo que las palabras “tranquila, nadie te va hacer daño” emergían entre el pánico que la invadía. Si aquel hombre que la había tratado con tanto afecto había hablado con sinceridad, ese cerdo que tenia encima no debía causarla ningún daño.

El cerdo, durante unos instantes pareció sorprendido por el grito de la joven extranjera y puso una mano sobre la boca de la chica, al tiempo que sentía un fuerte e inesperado golpe en su entrepierna proveniente de la rodilla de Sofía que ésta había levantado con todas sus fuerzas.

El hombre la liberó y durante unos instantes se debatió de dolor, mientras ella le miraba expectante y aterrada. Al fin, el hombre se incorporó y levantó su puño con intención de golpearla, mientras la miraba con unos ojos brillantes y llenos de rabia. Sofía protegió instintivamente su cara con las manos, pero no llegó a recibir ningún golpe. El cerdo le dijo algo que tampoco entendió, probablemente alguna palabrota en español y después, abandonó el cuarto, aun con indicios de dolor en sus zonas genitales.

Después de aquel angustioso momento, la joven se sintió bastante más aliviada. En realidad parecía que no le iban hacer daño. Por lo menos de momento. Puso todo su esfuerzo en tranquilizarse y cuando lo consiguió, dedicó el tiempo a meditar sobre su situación. ¿Qué pasaría si no accedía a trabajar como prostituta? ¿La mantendrían allí encerrada toda la vida? Seguramente no. Llegaría el momento en que alguien se cansaría de la tozudez de aquella insignificante muchacha y todos los males que había imaginado que le iban a hacer, podrían hacerse realidad. Sabía que por mucho que pensase y meditase siempre llegaría a la conclusión de que solo tenía una elección, al no ser que dejase a su mente derrumbarse y hundirse en el pozo de la sinrazón, aquella extraña y nueva sensación que en aquellas últimas horas se había instalado muy cerca de ella.

Al cabo de casi dos días encerrada en aquel maloliente cuartucho, sin apenas pegar bocado y en compañía del agobiante calor del verano madrileño, Sofía tomó una decisión.

Desde la muerte de su madre en Bulgaria, cuando ella contaban con tan solo once años, y después de irse a vivir con su padre otra vez a Rusia, nada había sido fácil para ella, pero había conseguido afrontar y adaptarse a todas las dificultades que se le habían presentado, y el que ahora le quisieran obligar a trabajar como prostituta, sin ninguna duda era la mayor de todas. Pero no podía derrumbarse, tenía que afrontarlo fuese como fuese. Como le había dicho su “consejero”, nadie iba a ayudarla, eso lo tenía muy claro. Quizá en algún momento todo volviese a cambiar y nuevamente podría llevar una vida más o menos normal.

Aprovechó el tiempo en que le dejaban la luz encendida para quitarse la reseca ropa que había llevado puesta durante los últimos días y darse una larga y refrescante ducha, al menos salía agua de los mugrientos grifos de la destartalada ducha.

El agua fría cayendo sobre su cuerpo desnudo, fue como un autentico bálsamo después de haber permanecido allí arrinconada, soportando el hedor y el calor, solo levantándose para realizar sus necesidades elementales cuando ya no podía aguantar, o beber agua y mordisquear alguno de los bocadillos que la llevaban periódicamente.

Miró entre la ropa que había en la bolsa de deporte y se puso unas prendas, y cuando la bajita y rellenita mulata que le llevaba los bocadillos y el agua desde que aquel cerdo desistiese de hacerlo después de recibir el golpe en su entrepierna, volvió a entrar en el cuarto con una bandeja, Sofía le anunció que estaba lista para trabajar.

La mujer, sin aparentar sorpresa, la condujo delante del cerdo, que era el encargado del club. El hombre la miró sorprendido primero y luego de una manera increíblemente lujuriosa y llena de deseo, no en vano, la joven rusa había experimentado un espectacular cambio después de ducharse, maquillarse ligeramente, dejar suelta su larga melena que había estado llevando recogida en una coleta, y ponerse uno de los minúsculos vestidos semejante a los que había contemplado en el chalet. Y no era que los pantalones y la amplia camisa que llevaba anteriormente borrasen su fascinante belleza, simplemente, la hacían menos llamativa y disimulaban su sensual figura que ahora resaltaba en todo su esplendor.

El fino vestido de una pieza, se ceñía espectacularmente desde su cintura hasta su pecho, donde un generoso e insinuante escote dejaba al descubierto el inicio de la hechizante curva de los senos, hermosos y perfectamente erguidos, terminando en su parte inferior en un ligero vuelo que cubría hasta la mitad de sus bonitos muslos de patinadora. Su largo cabello castaño, ahora suelto, caía en una impresionante cascada de pelo suave y sedoso hasta casi la mitad de su espalda, y sus preciosos ojos verdes resaltaban tristes, pero armoniosamente sobre la tez morena y suave de un rostro increíblemente bello.

El gordo y mal aseado encargado, después de limpiarse la baba que literalmente se le escapaba a chorros de la boca, marcó un número en un teléfono móvil y habló muy brevemente en un pretendido idioma ruso. Sofía a duras penas pudo entender algo como “la chica ya esta lista”.

El hombre se mantuvo escuchando muy atentamente al teléfono durante unos minutos, haciendo grandes gestos de asentimiento con la cabeza, después colgó y dijo dirigiéndose a Sofía esta vez en español:

-Mañana vendrán por ti si como dices decides trabajar, así que esta noche y mañana trabajaras aquí. Solo dos cosas preciosa, no folles por menos de ciento veinte euros y no te quedes con los clientes ni un puto minuto si no te invitan a una copa. Ella te enseñara el club -terminó diciendo a la vez que señalaba a la mulata con un despectivo gesto.

Sofía salió de aquella habitación tras la pequeña mujer con la mirada del encargado fija en la parte trasera de su cuerpo.

 

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